martes, 11 de octubre de 2016

Tormentas

Tormentas. Las escuchaba tronar a lo lejos desde mi cama. Incluso con las cortinas cubriendo aquel cuarto al que empezaba a llamar mío, la luz atravesaba mis párpados, llamándome en la noche...

Y entonces me asaltó; el atardecer del día anterior. Lo recordaba como la cosa más bella que había visto en semanas, y pensé el mundo como un espejo, así que cogí el chubasquero y sin miedo de la tormenta que tocaría tierra en instantes, inicié mi camino a ver el lado más salvaje de aquella postal que esa misma tierra me había regalado.

"Ella habría hecho lo mismo", pensé mientras se dibujaba una triste sonrisa bajo la capucha. "Y lo habría hecho dando saltos de alegría". A ella siempre le habían encantado aquellos regalos de la naturaleza.

Con el agua calándome los huesos llegué al acantilado. Pero allí estaba, la antítesis de la calma sobre el mar, que se levantaba en olas rugientes con sus crestas de espuma blanca hacia el cielo oscuro, lleno de nubes negras que no dejaban ver un atisbo de la luna esa noche, y este de tanto en tanto disparaba un relámpago que le devolvía la violencia al agua.

"Ahí están, son dos amantes, destrozando el mundo a su paso. No hay nada que se resista a su encuentro, nada hecho por el hombre que pueda detenerlos..." Las gotas de lluvia me limpiaban la sal de la cara, y aquella tormenta me apaciguaba el alma. Mientras, su cuerpo en mi cabeza, sus ojos dentro de los míos y el recuerdo que permanecía.

"Ella sí era una tormenta". Comencé a mirar las olas romper abajo, en la orilla. "Estaba tan en las nubes como en la tierra, y nunca el cielo descargó tanta rabia en cien años como la que sus uñas dejaban en mi espalda en una sola noche"

Fuego y sal,
para describirla se quedaban cortos.
Que si encontré mi vida al vivirla con ella, ahora que no vive en mí no me sé
encontrar,
perdido,
ni siquiera camino de este,
mi mar.

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