martes, 24 de febrero de 2015

Una moneda de dos caras.

Me siento encerrado en el tiempo, ni siquiera veo pasar las horas a pesar de que el tic-tac del reloj y el crujir de las teclas del ordenador taladra mi cabeza doliente constantemente. ¿Qué hago buscando metáforas de la muerte? Sé lo que necesito, lo que quiero y lo que extraño. Conozco todo lo que atormenta mi corazón, lo que pone mis nervios de punta.

Me estoy perdiendo, hace tiempo ya que estoy en caída libre y recuerdo el miedo del principio, pero todo cambió que me di cuenta de que no veía acercarse el suelo, por lo que me puse a disfrutar de las vistas, estaba a demasiados kilómetros de altura como para preocuparme por el momento en el que pegara con los huesos en el suelo. Sin embargo tengo accesos del terror de antaño, mi corazón se encoge cuando me miro en el espejo y no me siento dueño de mi cuerpo, ni siquiera sienta que sea capaz de mover los brazos, y vuelvo a caer, esta vez al suelo, o a la cama, por suerte no puedo pasar de ahí y en este caso la caída acaba cuando me llama Morfeo.

Una moneda de dos caras, luego me enciende el fuego, y tienes que meternos debajo de la ducha para apagarme, puedes intentar hacerlo con tu cuerpo, de veras que te reto a intentarlo, pero no te prometo que eso sirva de nada, a menos que lo que busques sea provocar otro incendio en tu cama. Eres una ola incesante, de aguas claras que no para de golpear la arena ardiendo bajo el sol, eres un estanque, un manantial en el fondo de mi selva como un oasis donde voy a perderme del tiempo, donde no importa el espacio ni el mundo que me rodea, y donde no llega nadie más.

Cuando miro las nubes que han pasado, pienso en el temporal, en la tormenta que se ha ido, en como se movían las hojas por el suelo, en la intensidad de las gotas cayendo sobre la ventana, en como llovía sobre la máquina del aire acondicionado sin dejarme dormir, como tú. Ni yo quería, dormir, ni seguir despierto si no podía soñar a tu lado. Horas y kilómetros después me pregunto qué está pasando, y me siento ahora solo mientras pueda a preguntarme si estoy en el ojo del huracán, quedándome sin uñas.

Con las luces apagadas, ni siquiera nos hemos dado cuenta de que se ha hecho de noche, no es necesario tener los ojos abiertos para soñar, y sé que sigo vivo porque escucho el murmullo de los caníbales en la televisión, aunque se está convirtiendo en una siesta demasiado larga y también sé que en el momento en el que deba no voy a ser capaz de despertarme, ni siquiera voy a querer, aunque tenga que salir, que trabajar, que hacer la cena y prepararme para otro día. No vivimos el día de mañana, estamos viviendo este momento por más que nos pese, y si tengo que agarrarte de la barbilla para impedirnos mirar atrás, y ya aproveche para besarte, ¿qué más da? Es lo que quiero hacer, ya es demasiado tarde.

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