miércoles, 7 de enero de 2015

Santa sabiduría del condenado

Fuego, que enciende la punta de este cigarro, iluminando como un faro en la niebla a este explorador perdido en el nártex pantanoso que hay en su cabeza, incitándole a seguir sin motivación caminando hacia delante.

Él, agarrotado por el frío de la noche, resbala, cae por la ladera de la montaña de sensaciones ocultas bajo su sereno semblante, y, temeroso de la caída, intenta agarrarse a las piedras que se desprenden del mismo Olimpo que se yergue desafiante ante él. Son esas piedras pedazos de cielo que le golpean en la cabeza, sumergiéndolo en la oscuridad de una nube de humo que le nubla los sentidos.

Despierta solo, ya ha perdido el norte, y se encuentra buscando la salida del sol dentro de la caverna de soledad en la que ha caído. Sin resultados, busca, y para cuando encuentra la salida, vuelve a ser de noche, pero Morfeo nunca pasa a buscarlo.

Y así, condenado a vivir como un búho, con la luna apenas creciente iluminando su tez mientras clama piedad a las estrellas, se debate entre los dos lados del corazón dorado que antaño le robaron. Saltando cruza la línea que separa la oscuridad de la luz, mientras el viento arrecia y se decide a hacer camino mientras enciende otro faro de la pantomima.

Vagando como un paria que, sin patria ni lealtad, se vende a la oscuridad de la noche, entona:

-Oh, tinieblas, que sea tu frío beso de hielo el recuerdo del calor de la llama que antes avivaba mi corazón, que estos témpanos de hielo congelen mis memorias y, diáfanos en la noche no vuelvan a escapar de un letargo eterno.

Sean pues, noche, tiniebla y oscuridad, compañeras inseparables de mi alma en esta interminable noche en la que ha tornado mi vida.

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