miércoles, 8 de septiembre de 2010

Cuando hablo conmigo mismo.

Si no soy sincero conmigo mismo, ¿con quién lo seré? Puedo ser capaz de decirme la verdad, pero antes de ello tengo que convencerme de que no me voy a hacer daño. Demasiado cuidadoso... Demasiado complicado... Se me da demasiado bien eso de buscarle tres pies al gato, o encontrar el negro donde los demás sólo ven el blanco, pero sin embargo, en mis momentos de debilidad emocional y por lo tanto demencia sentimental soy capaz de volver a ver el cielo azul del atardecer colmado de estrellas fugaces, puedo, y debo, buscar los destellos que me libren de este olor impregnado en mi piel, porque huelo demasiado a soledad, ni siquiera al parecer más cuerdo soy capaz de encontrarle sentido a mis pensamientos, ni soy capaz de seguir el hilo de mis sentimientos, de tirar del cabo que me llega al corazón, ¿o era a la cabeza? Soy muy dado a confundir lo que siento con lo que pienso pero me alegra darme cuenta de que no soy el único. "Por lo menos tu vida no es una montaña rusa", pensaréis, creedme, prefiero la emoción de montarme en el primer vagón que la eterna espera de aquel que se sienta a esperar en los bancos del parque mientras tira pan al suelo, puedes quejarte de que tu vida no te hace caso, que no te salen los planes que has hecho, pero por favor... ¡Tienes planes! Y aquí estoy encerrado en mi casa, asesinando cruelmente cada una de mis neuronas mientras me enfrento a alguien que me conoce tan bien como yo a él, y sin embargo ninguno cede, nadie se da por vencido, espero que no sea capaz de venir nadie que pueda tumbar a los dos contendientes....

El cielo se veía precioso a través de las empañadas ventanas, y el bosque... Un sueño... La lumbre comienza a palidecer en la chimenea, suerte que la mía sigue descansando en el colchón del suelo, arropada entre nubes desordenadas, sola, adoptando posturas completamente inverosímiles mientras duerme, y de vez en cuando frunce el ceño, pero vuelve al gesto de paz que le confiere el sueño. Desde el sillón de la ventana tengo perspectiva de toda la habitación, y no tengo más vistas del exterior por lo fuerte que arrecia enero, pero puedo ver lo único que me apetecería ver de no haber estado allí... Su pelo se dispara en mil direcciones sobre las sábanas y la almohada, la testigo muda, su expresión es angelical, sería incapaz de describir su belleza sólo con algunas palabras, pero esos ojos y esos labios son dignos de mención aun a la brevedad con la que me remito. Viste tirantas, y su torso se encuentra doblado de manera que la blusa se sube hasta que alcanzo a ver su ombligo, sus pantalones tan cortos de rayas, y perdiéndome en sus piernas lisas, acabo en esos pies pequeñitos, esos dedos minúsculos. A veces me da miedo tocarla o cogerla no se vaya a romper, es tan pequeña, parece tan frágil, pero qué carácter. Esa es la estampa, me desenredo el pelo y vuelvo al colchón del suelo. La lumbre todavía aguantará...

Game over. Paz en mi casa, paz en mi cabeza. Empate. Hoy puedo ser testigo de una cosa, aparte de que no puedo ganarme a mí mismo...

La serenidad me persigue, pero yo soy más rápido...

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