miércoles, 18 de agosto de 2010

La Isla

He conocido un soplo de aire fresco, ahora entra el olor de una tormenta de verano por la ventana, y mientras mis palabras se deslizan por mis dedos, caigo presa del sueño...

"Turbio el mar se mueve delante, la desesperación y el cansancio hacen mella en mis músculos, ya no puedo más, apenas alcanzo a dar otra brazada, el cielo se asienta gris sobre mi cabeza y al frente veo caer los rayos, noto los fogonazos, se ahogan los truenos en mis oidos y, entre la niebla, se calma el mar que ya no es mar sino arena y escupo agua, y siento que puedo mover las piernas. Bocarriba, veo el cielo encapotado, presto a la suave llovizna, y algo me llega al oído, penetra en mi tímpano, y, eléctrico, ese sonido viaja por mi cabeza, un canto, un llamamiento a lo terrenal, una señal de civilización. Ahora se presenta mi mayor decisión, me quedo tumbado, esperando recuperar del todo las fuerzas o acepto mi locura y corro buscando ese canto de sirena... ¿Saben los locos que están locos? Dichosos son si no lo saben... Al final, me sube un cosquilleo por la espalda y la curiosidad me empuja a descubrirlo, a encontrarlo. Paseo por la playa intentando identificar el dulce sonido, pero soy incapaz, jamás escuché algo así. Al final de la playa, junto a un pequeño arroyo, hay alguien de rodillas, el pelo negro le recorre rebelde la espalda rebelde y se funde debajo de sus hombros. Ella no se vuelve, está quieta, cantando, jugando inocente con el agua. Me acerco sigilosamente y me sitúo justo detrás, alcanzo a ver su reflejo en el agua, perfecta, y entonces se da cuenta. Aquella voz que es la envidia de los pájaros se para, y es sustituida por una breve exclamación, sus ojos, brillantes, miran asustados. Sus labios, carnosos, entreabiertos, dejan ver sus dientes blancos. Pero el momento de sorpresa pasa, y la indignación da paso a la sonrisa y una mano pequeña que se levanta y me acaricia la cara, y no soy consciente de mi cuerpo, no presto atención a mis movimientos, sólo a ella. Diosa, vestida con un camisón blanco, pelo suelto y expresión perfecta, esa infinita incredulidad que me devora, ya sus labios se ciernen sobre los míos, se abraza a mi cuerpo inerte y me despierta de ese rápido sueño, resucitando de la muerte momentánea, reviviendo para ella como por arte de magia, por su acción, su culpa, bendita sirena. Y el suelo bajo mi cabeza, la arena que noto en el cuerpo y su figura sobre mí, que me besa y me abraza y que sonríe, rara, loca, única, perfecta, mía por fin. Ayúdame a consumar la larga espera. Yace conmigo, y atendiendo a deseos no formulados, se une a mí, y un cinturón que desaparece, la pureza blanca de una camisón que ya no veo, y la Isla que nos observa, que nos brinda la protección de sus árboles y acantilados, y sólo veo los árboles, y su cara, a ella, que me mira, que me agarra, que se une conmigo entre las dunas de sal de aquella playa, que no espera, que me chilla, que me muestra sus dientes perfectos, y que acaba... Y me abraza más fuerte y sonríe con más intesidad si cabe, mirándome, allí, en su Isla...

-¿Existes?
-Tranquilo... No estás loco. Por lo menos no mucho...

Y me pierdo en su sonrisa..."

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