jueves, 25 de marzo de 2010

Rutina

Jonás sí fue lo siguiente días a clase, pero su relación pública se limitaba a discretas miradas cuándo nadie les prestaba atención de punta a punta de la clase. apenas se dirigieron la palabra, como habían hecho tras aquel incidente tiempo atrás. Ninguno de sus compañeros era capaz de imaginar qué sentían el uno por el otro. Ninguno de ellos los había visto el día anterior, y nadie en toda la ciudad era capaz de presagiar aquello que se cocía entre sus cuerpos. Fue una jornada lectiva ardua y larga como no recordaban desde hacía tiempo, ya que es imposible imaginar la tortura que es tener a la persona que amas a unos cuantos metros y no poder acercarte a ella hasta que por fin te pasa. Alice se mordía las uñas en clase, y no se llevó el día hablando con su compañera de pupitre, estaba exahusta, como si no hubiera podido moverse en todo un día. Tenía la mirada perdida en un punto de la pizarra y no apartaba la vista de ahí. A ratos, miraba a Jonás y él parecía mucho más tranquilo, aunque en su interior se estuviese librando una batalla entre el querer y el deber, de vez en cuando cerraba los ojos, y su perdía en un mundo de fantasías en el que Alice era su protagonista, no existían lo problemas y sus sueños se hacían realidad.
Tras las clases, Jonás esperó a que se hubieran ido la mayoría de los compañeros, y al sonar el timbre, se despidió de Alice... Sin que nadie se diese cuenta, para no incomodarla, y rápidamente, la cogió por la cintura, la besó fugazmente en la frente, y en un abrir y cerrar de ojos ya había salido por la puerta de clase. Aquello a Alice le supo a poco, y no pudo evitar fruncir el ceño en una señal de protesta que ya nadie vería jamás y se burló satíricamente de sí misma. Era incapaz de creer la historia que estaba viviendo. Él siempre lo preparaba todo y todo le salía bien, siempre conseguía el efecto deseado, podría manipular a Alice a su antojo si no fuera capaz de amarla tanto o más que a su propia vida. Ella se lo pasaba bien con esto, creía estar en una historia en la que todo sale perfecto, y desde aquel beso bajo la lluvia todo estaba saliendo igual de perfecto que en sus mejores sueños.
Era incapaz de concentrarse en hacer nada en su casa. Rompió un plato a la hora de recoger la mesa y casi tropieza en las escaleras hasta su cuarto. Ni deberes. Ni chat. Únicamente tenía ganas de estirarse en la cama, taparse la cabeza con la almohada, sonreír como una cría idiota y reírse de la ironía eternamente presente en su vida, como un árbol perenne que juega con sus sentimientos. Toda la semana transcurrió igual, a excepción de las rituales despedidas de Jonás, que cada día la sorprendía de una manera distinta; al día siguiente ya no le agarró la cintura, sino que le acarició el pelo y la besó detrás de la oreja y, durante aquel lapsus de tiempo en el que permaneció con los ojos cerrados, Jonás había aprovechado para huir de nuevo, sin darle pie a réplicas ni a observaciones. Al jueves Alice iba a ir preparada para última hora, eso creía ella, una pena que en cuanto el perfume de Jonás la sorprendió por detrás todos sus sentidos mermasen, y se quedara en un estado de total quietud que él aprovechó para asirla de los dos brazos y besarle la mejilla izquierda, pero cuándo ella pensó en abrazarle, sus manos fueron detenidas en ese preciso instante con la delicadeza propia del chico al que amaba, y las dejó en sus bolsillos. Aquella tarde apenas cambió la rutina de ensoñamiento de Alice, solamente salió a tirar la basura bajo una suave llovizna que le caía sobre el rostro, sobre una sonrisa que cada día la alejaba más de la realidad, obligándola a perder el tren del tiempo, deteniéndose eternamente en la parada del sosiego, para regocijo de su corazón. Daba vueltas en las farolas y bailoteaba con los coches. Pensó que el viernes era el último día de clases, y que debía conseguir algo en claro de Jonás.
Pero, sin siquiera darle tiempo a recoger los libros, Jonás le plantó un breve pero eterno beso en las labios, que hizo que se le colorearan las mejillas y que se ruborizase hasta límites insospechados, y mientras las manos de Alice lo llamaban deseando más, él, como jugando con ella, siempre con su sonrisa misteriosa en los labios, agarró su estuche y metió algo que no pudo alcanzar a ver con claridad, y cúando fue a buscarlo, otra vez había perdido el hilo de su pensamiento y no había podido detener a Jonás junto a ella cinco minutos más para obtener un par de palabras, que el convertiría en piropos, cómo solía hacer.
Cuándo llegó a casa, Alice fue directamente a su dormitorio, tiró la mochila encima de la cama y corrió al escritorio con el estuche en la mano. Lo abrió temerosa, como esperando a que saliese algún bichejo dispuesto a jugar con su frágil corazón no apto para emociones fuertes. Pero lo único que cayeron fueron dos papeles, rectangulares y pequeños, que ella cogió velozmente y se los acomodó a la vista. Eran dos entradas de cine, en ella no se citaba el nombre de ninguna película, pero sí que venía el nombre del cine, que por supuesto conocía, y la fecha, que se correspondía con ese mismo día, Viernes, a las 20:00 horas. Pero lo que sacó de sus casillas a Alice y la hizo sonreír hasta mostrar los dientes fue el hecho de que encontró dos entradas, y se daba cuenta de todo lo que significaba. Jonás lo dejaba en sus manos, era decisión suya si ir o no ir, cancelar la cita y dejarlo plantado. También le daba a elegir la película, ella suponía que le daba igual el título del filme, que le importaba más la compañía (eso la hizo sonreír más aun si cabe). Lo único que estaba fijado era el sitio y la hora. Lo había planeado para que fuese por la noche, y supuso que tenía sus razones... Eso sí, Alice debía imponerse en un aspecto, ya que bajo ningún concepto, nunca, jamás, dejaría a Jonás que comprase las palomitas...

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