sábado, 6 de febrero de 2010

Cuentos de hadas.

Era la mañana siguiente a la furtiva escalada de Jonás por la reja de su ventana, el día después de que él recitase parte del segundo acto de Romeo y Julieta, y de un beso a través de la alféizar. Alice caminaba exenta de toda perturbación hacia el instituto, sumida en las románticas letras de unas canciones que si en su día le llegaron a resultar demasiado cursis, hoy las canturreaba con media sonrisa en el rostro y con la mirada perdida en el cielo. No paraba de pensar en la tremenda acción de los últimos días, de cómo había vuelto a ser el centro de atención de aquello que más deseaba en el mundo: il. Y entonces, en un gesto nada deliberado y completamente sin sentido, levantó los brazos hacia el cielo, abarcando el frio amanecer de un lunes con las palmas de las manos, sintiendo como una sensación reconfortante le recorría el cuerpo y buscando escalofríos que se la llevasen de una realidad engañosa... ¿A qué se refería Jonás con ese "lío"? ¿Era algo tan importante que ni siquiera ella pudiese saber?
El miedo le recorrió el cuerpo, su mayor temor se materializaba ante ella en ese momento. ¡No podía perderlo! No ahora que lo acababa de recuperar, una llovizna comenzó a caer y las gotas pluviales se confundieron con las lágrimas que coronaban sus mejillas, parecía que ese lunes gris iba camino de empañar todo lo bueno que había recibido en los últimos días. Le dolía el pecho. Se sentó a llorar en un escalón, con las manos cubriéndole el rostro. Los escalofríos que antes se le antojaban reconfortantes ahora era fríos y llenaban su cabeza de especulaciones y temores que no hacían más que su ya torturada imaginación. Le costaba imaginar una forma de alejarse de él sin hacerse daño y se castigaba a sí misma. El amor, o lo que quiesiera que fuese aquello, no paraba de perturbarla, nunca encontraba serenidad, pues cuándo no era capaz de abrazar a nadie, empezaba a echar en falta las caricias de una mano atenta. No podía pararse a pensar tanto, no podía maltratar su alma. Apagó el mp4 y se dirigió hacia clases, sin ninguna gana, con la cabeza gacha y el pelo tapándole los ojos.
No se enteró de nada, sacó los cuadernos para que no la suspendiesen pero no paraba de darle vueltas al asunto.
Como era de esperar, Jonás no había asistido a clases, coinciendo con la ausencia del mejor amigo de éste, que tampoco había aparecido, dando pie a especulaciones por parte de Alice sobre el paradero de Jonás y proponiendo el acertijo sobre su enigmática desaparición.
Al salir de clase, se dirigió corriendo a la salida, por si llovía, pero ahora, aunque no lo hacía, unas nubes bajas y oscuras cubrían el cielo, dándole a la luz solar un tono triste y melancólico un gris pálido que es imposible dibujar. E, inexplicablemente, él estaba esperándola en la puerta del centro, al acercarse ella susurró dos palabras, "aquí no", y se dirigieron a otro lado, Jonás la llevó por un par de calles hasta llegar a un camino de tierra con árboles a ambos lados. En ese momento Alice pensaba que todo se trataba de una broma, pero Jonás iba tan decidido en esa dirección que no se atrevió a preguntar, lo llevía llevándole la mochila, acompañandola con ese gesto protector que tanto le caracterizó desde el principio, alimentando su creciente curiosidad con la constante expresión enigmática de su rostro y andando tan parejo a ella, sin prisas, adaptándose a su ritmo y llevándola por un camino que al parecer conocía bastante bien, en verdad, Alice se preguntaba que estaba buscando al acercarse a Jonás, no besos y abrazos, por supuesto, ella no era de esas. Lo que en verdad buscaba, pensó, era una persona que fuese capaz de protegerla, ella no era muy hábil ni corpulenta, de hecho, tenía un aspecto más bien enfermizo, pero el brillo de sus ojos dejaba entrever una criatura preciosa que, sin lugar a dudas, necesitaba de alguien a su lado, y Jonás era exactamente ese tipo de persona, era ágil, romántico y alto, y sobre todo su romanticismo hacía a Alice preguntarse porqué estaba con ella, ella apenas abrazaba a su familia, no era una persona cariñosa, propiamente dicho, aunque sí que era como una niña pequeña; junto a él, se acurrucaba y se abrazaba temiendo que su amor se fuera en cualquier instante.
El camino no parecía muy largo, y poco después de empezar, un recodo a la derecha dejaba al visitante en medio de un bosque de árboles altos y verdes, que inspiraban tranquilidad. Alice nunca había estado en esa parte de Winter Park, y ahora él la guiaba entre un bosque de abetos, hasta llegar a su aparente destino, una pequeña pasarela con un mirador al lago del parque, en el borde había una pequeña valla, y junto al mirador vacío varios patos nadaban alegremente por el agua. A ambos lados, los árboles llegaban hasta la orilla y no dejaban escapatoria. tenían aproximadamente 4 m2 por los que moverse, en parte ocupados por un banco.
Nada más llegar, Jonás se acercó a la valla y se apoyó en ella, Alice lo observó; una suave brisa le mecia el pelo y sus ojos escrutaban el punto en el que se unía el extenso bosque con el ejército de nubes que sobrevolaba el lago, se apoyó en la valla con los antebrazos, cruzando las piernas a la altura de los tobillos y dejando un pie suspendido en el aire. Iba vestido con comodidad, no demasiado elegante, pero ahora se había dado la vuelta y miraba directamente a los preciosos ojos de Alice, que le devolvía la mirada tímidamente. Ella había cruzado los brazos y se tocaba el codo en manifestación de ansiedad, ladeó la cabeza hacia la izquierda y nada más encontrarse con la penetrante mirada de su amante la dirigió al suelo y , únicamente escuchando el susurro del viento entre las ramas de los árboles, vio unos zapatos y unos vaqueros que se acercaban hacia ella y notó como una mano la cogía suavemente de la barbilla, repitiendo el mismo gesto de la tarde anterior, y entonces, como una calma tras una tempestad sileciosa, escuchó atentamente las palabras de Jonás:
-Te estás preguntando qué hacemos aquí- dijo con voz enigmática y algo divertida-, bien, pues hoy hace medio año que me dijiste que me querías, pero que necesitabas un tiempo para saber que harías al final, pus el miedo te corroía y no te veías capaz de contestarme con claridad.-La miró a los ojos con ternura y cariño y continuó- Hoy sé que me quieres, y te he traído hasta aquí para seguir como siempre hemos estado, hablando de nosotros, y hoy quería contarte un secreto: Cuándo era pequeño, mi abuelome traía aquí, y me contaba cuentos e historias de príncipes del pasado y de antiguas glorias. Este lugar me recuerda a él, a la lumbre de un hogar, y me hace volver a creer en cuentos de hadas.
Alice miró ensimismada como Jonás le pasaba el brazo por la espalda y la acompañaba torpemente hasta el banco, y esperó a que continuara hablando, pues cuándo Jonás le contaba cualquiera de sus historias, ella escuchaba atenta para oir el desenlace, el final feliz, la parte más encantadora de los cuentos.
-Hoy te traigo aquí para que pienses que, como en los cuentos, creo que en ti con toda la fuerza que emana de mi alma y traspasa mis sentidos, creo en ti sin lugar a dudas, creo en nosotros, y como consecuencia, tengo que decirte lo que llevaba esperando mucho tiempo para volver a decirte: Te quiero, y jamás seré tan estúpido como para perderte de nuevo.
Aquello no cogió a Alice por sorpresa, pero como todo lo que salía de su boca, le encantó, hizo que surgiera en su rostro una sonrisa de esperanza, una alegría súbita que inundó su cuerpo y amor tan grande que un solo corazón no era capaz de mantener. Y lo besó... Agarró fuerte se espalda y se acercó a sus labios, una sensación eléctrica recorrió sus cuerpos mientras sus corazones funcionaban a máximo rendimiento para atender la ingente demanda de amor que requerían sus cuerpos. Alice, tan solo al rozar al principio la boca de Jonás, sintió la humedad y la rigidez de sus labios un sabor metálico, ácido y atrayente, que la llevaban a agarrarse a su cuerpo como si de nada más dependiese su existencia. Y al separar sus labios se fundieron en un abrazo eterno, apasionado y reconfortante que llenó cada partícula de su ser.
Y en aquel frio banco de madera se llevaron horas agarrados, hablando, y amándose...

1 comentario:

un hada dijo...

joeee menos mal que estabas desinspirado... me encanta Viktor!