domingo, 6 de diciembre de 2009

Los abetos no mueren al llegar el frío.

-¿Quién eres?
Alcanzó a decir entre sollozos, mientras jugaba arrancando briznas de hierba del suelo. Lo único que alcanzaba a ver de ella era el pelo lacio y castaño que el viento traía hacia un costado.
-Dejé mi nombre tiempo atrás, así que no me llames, cuándo reclames mi atención, únicamente susurra Viento.
Viento, como él había llegado y como en una noche invernal se había quedado, llenando cada espacio con un aire gélido que llenaba y quitaba a la vez.
-¿Y tú?¿Tienes nombre?
Arqueó una ceja, y al tiempo que la agarraba por las muñecas se giró, y sin detenerse a contemplar su expresión o su cara, acercó su nariz a pocos centímetros de la suya, mientras le contestaba en tono alterado, fuera de situación y descortés.
-Odio mi nombre real, al igual que odio la cantidad de sobrenombres o apodos que se me han dado... Asesino, El sanguinario, Quitavidas... ¡Y tampoco me importan ya! No pienso alargar más esta agonía, me rindo. Ante todo; la vida, el destino o incluso la muerte... Quiero desparecer, irme de este alocado mundo en el que sólo soy El sanguinario...
Ella lo miró a los ojos, y el por fin podía contemplarla, era realmente... Linda... Los ojos, marrones pero claros y su pelo, ya descrito, le bajaba de los hombros, sus proporciones faciales eran perfectas y no alcanzaba a encontrar alguna imperfección en su rostro, a excepción de una pequeña marca bajo el ojo derecho, apenas perceptible. Llevaba un chaquetón sin mangas verde, y debajo un jersey marrón, unos pantalones verde oscuro de pana y unas botas marrones. Su expresión, su mirada, denotaba compasión, y comprensión, al parecer, la situación pasada de ella tuvo que ser muy parecida a la actual, ya que se trasveía una indetificación en sus ojos cargados de nostalgia.
Ella, lo abrazó, él se dejó abrazar y la correspondió, ella también estalló en lágrimas, y él, sin soltar una palabra la consoló hasta que cesó su lamento. Entonces se levantó y se dio la vuelta, él pudo apreciar su figura perfecta, empezó a andar hacia los abetos, verdes a pesar del otoño, bajo un cielo anaranjado, el gris de las nubes había desparecido en ese tiempo y había dado lugar al crepúsculo. El no tardó en seguirla, al internarse en el bosque no la vio al principio, pero tras unos troncos caídos distinguió su silueta. La siguió tras cientos de troncos, secos y húmedos, algunos lagos y riachuelos, algún que otro claro cambiaba el paisaje, y llegaron a un puente sobre un río, el puente era de madera, muy estrecho, pero de fuerte constrúcción. Del otro lado del río se veía una cabaña, era raro verla, desentonando en aquel paisaje, seguramente habría sido de algún empresario que descansara allí en su tiempo libre. No había ninguna luz encendida, aunque la puerta estaba destrozada. También había un hacha fuera, y algunos troncos a medio cortar estaban podridos, la casa era bonita, no se puede negar, pero la pasaron de largo, y llegaron a un claro tras esa cabaña, en el claro había una mesa sillas hechas con tocones y un banco largo, por fin se sentaron los dos, en el banco, el viaje había sido todo una ruta de senderismo y la noche empezaba a cerrarse.
-Habrá que ponerte un nombre más bonito, ¿no?
Dijo aquellas palabras tan convencida de ello, plasmando toda la inocencia del mundo, con una sonrisa que si la recordases tras seis meses te seguirían dando escalofríos. Pero él se quedó mirando la parte trasera de la casa, concretamente un escalón de la puerta de lo que supuso era la cocina.
-¿Qué te parece Trueno?
El la miró, con expresión sarcástica, pero rompió su silencio.
-No creo ser tan imponente.
Ella se acercó más, puso una pierna en cada lado del banco y le acarició la cara, estaba pensando, parecía que escrutase su mente con esos ojos tan profundos y penetrantes.
-Creo que te pega más Cyclone. Me costó bastante alcanzarte antes cuándo saliste corriendo...
Él se quedó pensativo, ¿qué más da cómo lo llamase ahora? Podía ponerle 27 apodos que aquella sociedad hipócrita los seguiría llamando como le viniese en gana...
-Me gusta, pero dime algo de ti, aparte de un apodo.
Ella lo miró con la boca abierta, medio riéndose, y le contestó rápido.
-Tengo 456 años y cumplo los 457 el 21 de julio.
Ella se rió, y el hizo lo propio, le pareció una broma, y, sin pensar en cuán raro era todo aquello, le dijo algo para mantener aquella brillante expresión de alegría que daba un atisbo de esperanza a su oscuro corazón.
-Si me permite el comentario, señorita, se conserva muy bien.
Se limitó a decir, nada más que para volver a ver su sonrisa... Y fue recompensado, ella con una sonrisa recompensó sus pensamientos, y lo invitó a entrar a la cabaña, vio la cocina que no tenía pinta de haberse usado frecuentemente, y el salón, dónde había una chimenea de piedra, sin fotos, un sofá verde oscuro, al frente una mesa de madera oscura sobre una alfombra de piel gruesa y una mueble con muchos cajones y compartimentos, con vajillas y demás.
-Puedes abrir el sofá-cama. Tienes comida en la despensa de la cocina, volveré por la mañana, también hay libros en el mueble, por si te aburres, pero te recomiendo que duermas y descanses, mañana volveré a buscarte, no creo que necesites nada más, pero si surge alguna urgencia, sólamente susurra... Nada más, ¡hasta mañana!
Salió por la puerta, y él se lanzó para seguirla, lo había dejado con la palabra en la boca, pero se limitó a abrir el sofá cama y estirarse sin quitarse siquiera los zapatos, miraba el techo de vigas de madera mientras pensaba una y otra vez en quién era, qué quería, y porqué él había confiado tanto en ella como para quedarse allí, en una casa en medio de la nada, de un desconocido, a la que ni siquiera sabía cómo llegar.
También pensaba en una cosa, que se repetía una y otra vez en su cabeza, y era una palabra, o un nombre, o algo parecido... Viento.

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