martes, 15 de septiembre de 2009

¿Héroe?

El villano que quería ser bueno, que corría a salvar vidas ya que así no sería un monstruo... Pero su corazón seguía bombeando hiel por sus venas, y su boca continuaba teñida de rojo sangre, y cada vez que éste se miraba en el espejo veía una recreación de si mismo atentando contra lo que quizá más le importaba, él mismo, y no por su enorme alter-ego, sino porque no estaba dispuesto a llevarse a la tumba tantas almas inocentes, y en verdad, tenía miedo del castigo al que estaba destinado, por lo que un día, tras repetirse como hacía rutinariamente que sus fechorías habían sido cometidas por una razón, se propuso hacer una lista, en la que incluiría acciones a cambio de defunciones, vaya rima más sádica, aunque era de esperar ya que el autor de su historia no era más que un asqueroso y mutilador asesino.
De veras, su lista le había resultado un poco pobre, ya que únicamente había conseguido llenar tres(¿o dos?) puntos:

1. Redimir mis pecados
2. Compensar las pérdidas
3. Morir

Algo pobre, ¿no? Pues la verdad, se encontraba en el primer punto el grueso de la cuestión que en ese momento embargaba a aquel hombre que en la mesa de su cocina, a las 7:43 de la mañana(según el viejo reloj de color blanco sucio(¿El blanco sucio es un color?) colgado en la puerta de entrada desde el comedor), escribía con un bolígrafo Bic en una libreta de publicidad el motivo de la existencia que le quedaría, pero si la confianza se ganaba en años y se perdía en pocas palabras, ganar su perdón iba a constatar un suplicio eterno... Pero, ¿por dónde empezar? Si dicen que contra el fuego, fuego, ¿debiera empezar "matando" de nuevo? No encontraba forma de compensar las pérdidas que había causado así que se dedicó a seguir su maldita vida sin ningún entretenimiento que seguir la temporada de los Lakers en los fines de semana por la penosa televisión de su salón, bebiendo una asquerosa cerveza, para la única para la que le llegaba el sueldo en la fábrica de coches, siempre y cuando pudiese pagar el alquiler del "piso" y comer diariamente.

Aunque por las noches todo cambiaba para él, ya no salía de "caza", ni siquiera de casa, pues estaba harto de que lo utilizaran para conseguir propósitos oscuros, ya que incluso el gobierno de su propio país lo había utilizado para aquello que odiaba tanto, pero que por desgracia era su más preciado don, aunque un defecto mirado desde el punto de vista sociológico. Ahora, simplemente se odiaba a si mismo. deseando que el día de su muerte llegara cuánto antes, pero siendo demasiado cobarde para aceptar una opción como la era el suicidio, pensando que, todavía, por raro que pareciese, le pudiera quedar alguna opción de redimir sus males sin causar daños... Pobre inepto...

Un triste día de otoño, gris como el acero más puro, mientras volvía a casa, conduciendo su viejo Ford, se encontró de frente con su peor pesadilla, pues uno de los callejones perpendiculares a la carretera no paraba de proferir gritos y gemidos, y una alarma se despertó en él al ver que la gente pasaba indiferente o simplemente esquivaba ese pequeño pasillo que había entre dos edificios como si no pasara nada. Así que no tuvo tiempo de pensárselo, cerró de un portazo la puerta del Ford al bajarse, y sin volverse alcanzó a oir cómo cada cristal caía al suelo de una forma o en posiciones diferentes, vio por el rabillo del ojo cómo se acercaba otro coche por su derechay cuándo estaba a escasos cinco metros, saltó, ya que el brusco frenazo del conductor iba a abarcar más espacio del que debiera, paró justo debajo de él, por lo que, no puedo evitar, caer sobre el chasis. Lo hizo de pie, y sus zapatos se hundieron algunos centímetros hacia dentro, cosa que no le impidió salir lo más rápido posible de allí arriba y dirigirse al callejón, todavía no llegaba a comprender cómo la gente pasaba de largo. Notó cómo cada pie se quitaba suavemente del chasis y continuo hacia delante, viendo cómo las demás personas pasaban a su lado a una velocidad tremendamente lenta. Nada más entrar en el sombrío callejón alcanzó a ver a un hombre de unos cuarenta y muchos años agarrando del cuello a una mujer que podría rondar la veintena, con el pelo rubio y unos profundoz ojos azules, y con la velocidad quelo caracterizaba, no tardó en golpear con el puño en uno de los costados del atracador, que cayó al suelo unos metros más a la izquierda, la mujer cayó desplomada apoyándose en la pared. Con los ojos inyectados en sangre, y sin demorarse más, se lanzó a por el extraño, que se apoyaba sobre los codos para toser la sangre que le salía a borbotones desde la garganta, entonces todo se nubló, ya que la parte racional de su cerebro dejó de funcionar y sólo estuvo activo en él su mortífero instinto, que siempre lo llevaba por las sendas de la perdición, haciéndolo sentir débil ante la tentación que le suponía una figura vestida de negro, con capucha, y sujetando un larga hoz con su huesuda y pálida mano.
Cuándo terminó no alcanzó a ver hasta dónde le llegaba la sangre de aquel malnacido pero sí que pudo ver la cara de espanto de la mujer, que la miraba con los ojos como platos atendiendo por si hacía algún movimiendo brusco, entonces imaginó cuál sería su imagen, en cuclillas, con los brazos abiertos, y la boca abierta, tintada de sangre... Corrió y saltó, y volvió a correr hasta sentirse lejos de allí, hasta que por fin pudo pararse para gritar lejos de la ciudad, dónde no había nadie que lo pudiese mirar a la cara.
Entonces comenzó a llorar, sobre la hierba del bosque sintiendo cómo la brisa se llevaba las lágrimas y cómo la sangre se le secaba en torno a la boca. Entonces escuchó pasos atrás, entre los árboles, pero no se giró a mirar quién era, si no le convenía que estuviese ahí, lo mataría, cómo había hecho antes, ya que ahora volvía a importar su vida más bien poco, pero los pasos se acercaron, y la extraña figura a la que detectó sin siquiera mirar se sentó junto a él y lo abrazó. Pensaba que era una mujer, por el pelo largo y liso, y se confirmó al oir el timbre de su voz:
-Tranquilo, no es tu culpa...
"¿Y entonces de quién era?" Pero aquello ahora no importaba,¿Quién era ella y qué hacía allí?. Muchas preguntas se agolpaban en su cabeza y el tiempo no daba abasto para responderle... Y allí se quedó, sollozando casi en silencio mientras aquella misteriosa mujer a la que no alcanzaba a ver la cara se abrazaba a él como a un clavo ardiendo, como si no tuviese nada más sobre lo que apoyarse... Qué casualidad... ¿No?

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