sábado, 4 de abril de 2009

Capítulo 1.1

1
Jonás
Abrí los ojos al notar ya un intenso fulgor procendente del sol característico de los domingos a las doce del mediodía. Pensaba que nunca antes había estado tan cómodo, y ni siquiera me molesté en abrir los ojos, di un par de vueltas en aquella majestuosa cama hasta que recordé lo último vivido...
-Dios... Es duro como el acero y está ardiendo. No esperábamos...
Y moví la cabeza y abrí los ojos como accionado por un resorte, claro, como esperaba, aquella maravillosa cama comodísima no era la mía, me encontraba en una cama de matrimonio en la que hubieran cabido perfectamente cinco personas, repleta de cojines y con cortinas a los lados. Me di cuenta enseguida de que llevaba ropa que no era mía, unos pantalones piratas grises y una camiseta de manga ciza de la misma tonalidad de gris. Al correr las cortinas de la cama no me asombró no ver a nadie, es más, fue razón para que intentara una rápida puesta en orden de lo acontecimientos:
Me encontraba en una habitación cuyo color predominante era el blanco, con abundante muebles y una amplia ventana de cristal que ocupaba casi una pared entera del habitáculo, no llevaba ropa mía, no había secuestradores (al menos a la vista), y no tenía método alguno de contacto con el exterior. Aparte, noté, como venía haciendo progresivamente desde hacía varias semanas, el aumento en mi masa muscular. Me miré en un espejo, tenía toda la pinta de un deportista de élite que se toma un día libre, el pelo me caía amoldado hasta taparme los ojos casi por completo, me lo piné hacía atrás con la mano y observé de nuevo la habitación: una cómoda gigante, el espejo, el ventanal y la cama eran los elementos predominantes en aquel paisaje nuevo para mi, y me dije para mi mismo que esta sería la clase de habitación que tiene un príncipe de los de ahora.
-No es necesario ser un príncipe para poseer todo esto, muchacho, sólo hace falta un poco de influencia.
Me giré precipitadamente, aunque yo no lo hubiera oído siquiera, el hombre de los ojos marrones que ya había visto antes se encontraba entrando en la habitación, vestido completamente de negro con ropas que dejaban notar su apreciable musculatura, pero la pregunta que rondaba mi cabeza no era qué hacía ahí, sino cómo...
-¿Qué como he sabido lo que pensabas? Ven conmigo y te enterarás de muchas cosas, muchacho...
-No me llames muchacho...
Esta vez lo dije sin pensar, por lo que a él no le dio tiempo a digerir mis pensamientos y yo no tuve ocasión de controlar el tono de mi voz, por lo que sonó muy amenzadora, más de lo que yo estaba acostumbrado.
Una risa rompió el silencio, al parecer, a mi anfitrión le hacía gracia el tema de mi voz...
-Toma, ponte esto y ven por aquí.
Me lanzó unos zapatos que me calzé enseguida, de color gris, para variar, y lo seguí inmediatamente. El pasillo por el que ahora andaba también era blanco y enmoquetado, como la habitación de la que acababa de salir, había más puertas, que supuse llevarían a otras habitaciones, y aquello estaba repleto de cuadros, cuadros que poco tenían que ver con el moderno estilo de aquella mansión, ya que la mayoría eran muy antiguos, hubiera apostado el cuello a que solo la enmarcación tenía un valor incalculable.
Me llevó por más pasillos y salones repletos de cuadros y más mobiliario, sin detenerse a enseñarme nada ni a reparar en otra cosa, hasta que llegamos a unas escalinatas que conducían a una blanca puerta doble, cuyo aspecto me hacía presagiar que tras ella había algo o alguien importante.
-Aquí te quedas solo.
Dijo mi guía con voz serena.
-Contesta cuando te pregunten y pórtate bien, no te conviene no gustarle... Por cierto, me llamo Erik.
Caray, igual que mi amigo.
Escuché un risa floja y supe que lo había vuelto a hacer.
Sin más explicaciones se dió la vuelta, y yo me quedé delante de la puerta blanca.
Tome aire tres veces, llamé a la puerta y me precipité al interior sin esperar respuesta. Aquella estancia era más majestuosa que toda la casa que había visto, tenía una chimenea, un par de mesas que podrían pertenecer al presidente de los EEUU, y todo tipo de artilugios extraños, desde maquinas con lucecitas hasta espadas y escudos medievales, y en una de las mesas, había un hombre vestido de blanco, con escaso pelo y perilla canosos, que se encontraba escribiendo algo en aquella mesa, pero que al entrar yo levantó la cabeza como accionado por un botón.
-Debes de ser Jonás, bien siéntate.
Me sentí como en el médico, esperé que ese hombre no puediera leerme también la mente, porque si no llevaba claro eso de caerle bien. Me llevé un rato sentado mientras el escribía algo, hasta que por fin rompió el silencio:
-Tendrás muchas preguntas en tu cabeza ahora mismo, así que te haré un breve resumen de esto:
>Si crees que te estamos secuestrando, piénsalo, esto en realidad es por tu bien y por el del mundo. Pasarás aquí un tiempo que será relativo a lo que aprendas, porque lo que aquí harás será entrenar, y te preguntarás para qué irías a entrenar. Bien, mira esto:
Nunca se me olvidará lo que ese hombre hizo en ese momento, y eso que ya estaba completamente ofuscado por la extraña habilidad de Erik. Cogió un abrecartas con forma de cuchillo de media luna y, colocándo la palma de la mano hacía mi, se hizo un profundo corte en la mano, pero, para mi sorpresa y su regodeo, el corte que seguramente hubiese necesitado puntos de sutura no se quedó abierto ni dos segundos, hecho que me dejó sin palabras...
-Tú también tienes una habilidad, o varias, quién sabe -rió amistosamente-. Lo importante esque tienes que renunciar a toda tu vida para unirte a nosotros, y no te será fácil, ya que mientras no consideremos tus avances fructuosos, no te diremos ni tu cometido, ni el nuestro aquí, tu confianza debe ser ciega, pero debe existir, porque sino, nos veríamos obligados a secuestrarte de verdad.
Le dio la vuelta a la mesa y se sentó de nuevo en su sitio.
-Me llamo Sakrass, y soy como el director de esto -hizo un gesto con la mano abracando toda la mansión-. Te ayudaré en lo que necesites, pero no te enseñaré, aquí tenemos personas para hacer eso. Espero mucho de ti, Jonás, si todo sale bien, me serás indispensable. Ahora, vete a tu habitación.
Entonces me puse en pie dispuesto a irme, pero le hice una última pregunta:
-Señor...
-Llámame Sakrass...
-Sakrass... ¿Cuándo saldré de aquí?
Entonces me miró de nuevo a los ojos...
-Me temo que no saldrás en mucho tiempo, muchacho... Una última cosa, quiero qe vengas la semana que viene, quiero ver cómo te has adaptado a esto...
-De acuerdo, adiós...
Cerré la puerta tras de mi y deshice el camino que antes había realizado con Erik. Aquello parecía una película de ficción, pero las pruebas no daban cabida a dudas... Me senté en mi nueva cama y me puse a pensar, sobre todo en Alice, y en como pasaría mi vida sin ella y sin mi familia, no pude evitar que unas lágrimas recorrieran mi rostro...

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