sábado, 7 de marzo de 2009

Incoherencias.

El cuerpo de Jonás habría incinerado al instante a cualquiera con tan solo tocarlo. Ardía en ese momento, su temperatura corporal era demasiado alta, incluso para tener fiebre.
Ahora aquel extraño lo aferraba fuertemente por el hombro, la presión que ejercía le impedía salir corriendo, que era lo que en ese momento deseaba más que nada, quería ver de nuevo a Alice, quería decirle que nada iba a cambiar, que todo iba a seguir como antes, que la segiría queriendo como siempre, desde hacía ya tanto tiempo. Pero en ese momento le resultaba imposible.
Caminó por la acera dirgido por la mano de aquel extraño del que ahora ni siquiera distinguía la cara, la vista se le nublaba, aparte de la temperatura, y, para colmo, el corazón le latía a cien por hora. En es momento, antes de llegar a la esquina siguiente, un flamante Audi negro con los cristales tintados apareció en la esquina. A Jonás se le dilataron las pupilas y, sin siquiera darse cuenta de cómo, ahora miraba atrás mientras corría en dirección contraria al coche, sin saber cómo se había liberado de la fuerte presa de aquel hombre, que junto con su compañero, lo miraron atónito antes de salir disparados detrás de él.
Ahora callejeaba a una velocidad que ya le hubiera gustado tener esa mañana en Educación Física. Llevaba a los dos hombres pegados a los talones, pero no le importaba, ahora se centraba en una sola cosa, correr y correr.
Nunca hubiera pensado que alguna persona pudiera correr como lo estaban haciendo ahora mismo, pero, tras la rareza de lo acontecido los últimos días, ahora pensaba que todo era posible.
De repente se dio cuenta de que necesitaba un destino, y el primer sitio que se le ocurrió fue la casa de Alice, al tiempo que aumentaba la marcha, se dio cuenta de que los dos hombre ya no estaban detrás de él, pero no le importó, siguió corriendo hasta llegar a casa de Alice, su Alice.
No esperó y llamó al timbre. Alice no tardó en abrirle, y Jonás no tardó en darse cuenta de los surcos de lágrimas que bañaban su rostro. Corrió a abrazarla, pero ella interpuso sus brazos entre los dos. ¿Qué significaba aquello?¿Qué le pasaba a Alice?.
-¿Alice?
Ella lo miró con una mueca de pena en el rostro.
-Por favor, vete, no hay nada de que hablar, esto se acabó. Déjame, tengo que terminar un trabajo.
Jonás se quedó atónito, pero obedeció, dio media vuelta y se dirigió a la salida, aun ardiendo, ya no sabía si de rabia o de impotencia. ¿Qué había hecho ahora? No había vuelto a hablar con ella desde hacía un par de horas, no le había dado ni siquiera tiempo.
De repente, abatido, tras cruzar una esquina, un puñetazo le golpeó de lleno en el rostro haciéndole caer de espaldas y arrastrándolo hacia atrás con un movimiento casi de ficción.
Antes de perder la conciencia, y notando como le sangraba la nariz, llegó a oir una última cosa con una voz que ya había escuchado antes, en tono que expresaba una mezcla de dolor físico con triunfo:
-Dios... Es duro como el acero y está ardiendo. No esperábamos...
Todo se nubló, lo último que vio conservando la conciencia fue la calle desierta dónde vivía Alice, un sitio que se le antojaba lejano ahora, en sus sueños, tras la reciente conversación con ella.

1 comentario:

Daniel's dijo...

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