lunes, 29 de diciembre de 2008

Bajo la luna

El Mago apareció de repente en medio de la plaza, llevaba una túnica con capucha y el rostro cubierto por una máscara. El pelo le caía por los hombros y era algo rizado y moreno. No tuvo que fijarse mucho, delante de él , oculta entre las sombras, se hallaba la figura de otra persona. Una figura dócil llena de curvas y ataviada con otra capa.
-Has venido. Dijo él.
Ella se acercó a El Mago y se quitó la capucha, sus grandes ojos almendrados delataban que había estado llorando, y sus rasgos dejan ver su condición de hada. Entonces habló, y su voz, como tantas veces, sonó como una melodía de acordes perfectos:
-Sabes perfectamente porque he venido, no quiero que te vuelvas a ir.
Él la miró a los ojos y se quitó la capucha, pero la máscara seguía sin mostrar su rostro.
-No tengo otra elección, pero volveré, lo sabes...
Ella no podía seguir escuchando ese martirio, rompió a llorar y se abrazo a él, escondiendo su rostro en el hombro de El Mago. El le empezó a acariciar la larga melena de color verde aceitunado y abrazó por la cintura su cuerpo lleno de curvas. Siguieron así bastante rato, hasta que El Mago se levantó un poco la máscara para dejar al descubierto sus labios, entonces ella buscó sus labios, y los encontró en medio de aquella tétrica plaza a altas horas de la madrugada, sintiéndose los dos seres más afortunados del mundo durante unos preciosos instantes en los que los dos fueron uno.
El Mago la abrazó de nuevo, susurrando en el oído de ella:
-Te quiero, criatura...
Y así permanecieron bastante rato, que ella disfrutó como si fueran sus últimos minutos y... Y entonces todo terminó, él se ciñó de nuevo la máscara y pasó la mano sin llegar a rozar siquiera la cara del hada, susurrando unas palabras en lenguaje arcano:
-Duerme...
Cuándo el hada despertó en medio de un frondoso bosque, maldijo su suerte, y lloró durante muchas lunas la desaparición de su amado.

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